Se compara el reloj de cuarzo con el smartwatch, destacando que el primero democratizó el acceso a la hora precisa y accesible a partir de los años 70. Su fabricación es simple, con pocos materiales y un bajo impacto ambiental.
El smartwatch, en cambio, es una mini computadora con pantalla táctil, múltiples sensores y requiere una importante cantidad de minerales críticos. Su vida útil es corta (2-4 años) y genera una gran cantidad de residuos electrónicos y emisiones de CO2.
Se proyecta un aumento masivo en la demanda de smartwatches, lo que resultaría en millones de toneladas de residuos electrónicos. El reloj de cuarzo genera muchos menos residuos y es más duradero y reparable.
Aunque el smartwatch ofrece ventajas como medición de actividad física y salud, se cuestiona su necesidad y la dependencia constante que genera. Se contrapone con la simplicidad y durabilidad del reloj de cuarzo, que realiza una sola función de manera confiable.
Se menciona el reloj mecánico como una alternativa artesanal y duradera, que puede durar 100 años o más y se hereda de generación en generación, en contraste con la corta vida útil de los smartwatches.
Se concluye que el reloj de cuarzo es superior al smartwatch en términos de sostenibilidad, generando menos residuos y teniendo una mayor vida útil. Se enfatiza que el problema no es el smartwatch en sí, sino la velocidad con la que se descartan, y que el reloj más sostenible es probablemente el que ya se tiene.