Edgardo compartió la historia de su hija de nueve años, quien sufrió durante un año con brotes severos en manos y pies, con ampollas llenas de agua y sangre, causándole gran dolor y malestar. A pesar de consultar dermatólogos y alergistas, los tratamientos solo aliviaban temporalmente los síntomas.
La niña se sentía frustrada por no poder realizar sus actividades habituales. La familia comenzó a aplicar el "agua viva" en sus manos y pies, y notaron una rápida mejoría. La piel se secó, se recuperó por completo sin dejar cicatrices y la niña pudo retomar sus actividades deportivas. Edgardo atribuye la sanación al uso del agua viva y la fe.