Se presenta el testimonio de una mujer que padecía un intenso dolor de espalda durante siete meses, limitando sus actividades diarias. A pesar de los dolores y la dificultad para realizar tareas simples, ella decidió aferrarse a la promesa de Dios de sanidad.
Durante un acto de fe en la congregación, al consumir el pan y el agua consagrados, la mujer sintió que algo salía de su cuerpo y experimentó la sanación. Relata cómo el dolor desapareció por completo, permitiéndole caminar, moverse y vivir sin molestias, atribuyendo su recuperación a la fe en Jesús y a la intervención divina.