Las oraciones superficiales y frías, sin lágrimas, producen resultados limitados. Sin embargo, la siembra con lágrimas promete una gran cosecha, como indica el Salmo 126: "El que con lágrimas siembra, con regocijo cosecha".
Tanto si se siembra la palabra de Dios, el bien o el amor en la familia y el trabajo, existe la promesa divina de una cosecha abundante. Las lágrimas, al ser derramadas con un corazón agradecido y arrepentido, potencian las oraciones y aseguran la respuesta.
Personajes bíblicos como Josías, Ezequiel, David y Jacob, e incluso Jesús, experimentaron la respuesta divina a sus oraciones llorosas. Se recomienda probar con las lágrimas, no para manipular a Dios, sino como expresión de un corazón humilde y arrepentido.