La oración es esencial para la salvación, ya que todo aquel que invoca el nombre del Señor será salvo. Las oraciones sinceras, ya sean líquidas (lágrimas), suspiros, gritos o gemidos, son escuchadas por Dios. Orar y perecer son incompatibles; la oración es nuestra "cuerda salvavidas".
La oración también es fundamental para la esperanza. Jesús oró por Pedro, y de manera similar, Cristo intercede continuamente por nosotros ante Dios. Esta intercesión perpetua garantiza nuestra conexión con el Padre y nuestra perseverancia en la fe.
Se destaca la presencia de intercesores: Jesús en el cielo, el Espíritu Santo en nosotros, y la iglesia, todos orando por nuestras vidas y familias. Tenemos un intercesor celestial y uno interior que nos ayuda a conocer la voluntad de Dios y a orar conforme a ella.