Se relató un episodio de la infancia de Karina donde, sintiéndose triste, buscaba refugio en un balcón sin barandas, ubicado en un segundo piso. Este lugar, entre la seguridad de la pared y el peligro del precipicio, se convirtió en su espacio de calma.
Esta anécdota fue interpretada como una metáfora de su estado emocional, siempre al borde de situaciones de riesgo. La artista reconoció que, aunque nunca ocultó sus problemas de salud mental, le costó tiempo comprender la naturaleza de sus padecimientos y encontrar las herramientas para afrontarlos.