Charles Ingalls regresa a casa y se reencuentra con su esposa Caroline, quien le expresa cuánto lo extrañó. Él admite que las cosas en Minneapolis no salieron como planeó y que los niños son su verdadero legado.
Se entera con sorpresa que James y Albert han logrado mantener la granja funcionando en su ausencia, lo que lo llena de orgullo y reafirma su decisión de no mudarse a Minneapolis y quedarse con su familia.