En la Edad Media, las catedrales eran consideradas libros de piedra, destinadas a enseñar la fe a una población mayoritariamente analfabeta.
Al ingresar a la Catedral de Friburgo, las altas columnas y las bóvedas góticas guían la mirada, mientras la luz se filtra a través de los magníficos vitrales medievales, muchos de ellos donados por comerciantes y artesanos de la ciudad.
Entre las obras más destacadas se encuentra el altar mayor, una pieza renacentista, junto a capillas laterales, esculturas y monumentos funerarios de obispos, nobles y benefactores.