El sistema financiero ha comprendido que los conflictos sociales y los problemas ambientales se traducen directamente en riesgos económicos. La contaminación de un río, por ejemplo, puede derivar en piquetes, clausuras y la interrupción de operaciones, afectando la capacidad de una empresa para repagar deudas y generar dividendos.
Esta interconexión entre riesgo ambiental, social y de negocio ha llevado a una mayor sensibilidad del mundo financiero hacia las prácticas sostenibles. La sostenibilidad ya no es solo una cuestión ética, sino una necesidad para la viabilidad económica a largo plazo.