Se expone la ley divina: el pecado atrae juicio, como en el caso de David, cuya casa fue marcada por la espada tras un momento de "pasión desenfrenada".
En contraste, la humillación atrae la presencia y bendición del Señor. Para que los cielos se abran sobre nuestras vidas, es necesario purificarse y humillarse ante Dios.
Se cita Isaías 66:2: "Yo vivo con el hombre arrepentido y humillado", indicando que en esa humildad reside la presencia, la revelación y la unción divina.