Se destaca la importancia de la fe en Dios como la clave para la respuesta a las oraciones, y no en la oración misma o en la fe como concepto abstracto. La fe se presenta como una capacidad otorgada por Dios, no algo que se produce o se obtiene por sí solo.
La humildad es presentada como la primera ley de la fe, necesaria para que la fe crezca y Dios capacite para creer. Se ejemplifica con la parábola del publicano, cuya humildad le permitió ser aceptado por Dios. Se advierte contra el orgullo, que impide la humildad y la dependencia de Dios.
La segunda ley de la fe es creer en las promesas de Dios, descansando en su carácter y fidelidad. Se menciona el ejemplo de Abraham, cuya fe se fortaleció al esperar pacientemente las promesas divinas.
La tercera ley es ejercitarse en la fe, perseverando en la paciencia para obtener las bendiciones de Dios. Se anima a no rendirse ante las pruebas, sino a usarlas para perfeccionar la fe y ser precursores de la bendición divina, imitando el ejemplo de Abraham y de otros siervos fieles.