La segunda ley de la fe consiste en creer en las promesas divinas para activar y crecer en nuestra fe. La fe descansa en el carácter y la fidelidad de Dios, quien cumple lo que promete.
Abraham es un ejemplo de paciencia y fortaleza en la fe, esperando desde joven la promesa de una descendencia. Romanos 4:20 destaca cómo su fe se fortalecía día a día, creyendo y esperando con paciencia la promesa, honrando así a Dios.
Honrar a Dios implica esperar con paciencia, descansar en su carácter fiel y creer que Él cumple sus promesas. La fe no es en la fe misma ni en la oración, sino en Dios.
Practicar la fe implica tener un corazón humilde, no dejarse llevar por el orgullo, y ejercitarse en la fe para ser dignos de las promesas divinas. La paciencia forma la imagen de Cristo y nos prepara para la bendición.