La Hermana Verónica relata cómo a los 21 años tuvo un encuentro con Jesucristo durante un retiro espiritual, lo que marcó un antes y un después en su vida. A los 23 años, sintió el llamado a consagrar su vida a Dios, una decisión que contrastaba con el proyecto de formar una familia.
Explica que el amor de Dios es incomparable y difícil de explicar, pero es una certeza que la guía. Al comunicar su decisión a su familia, hubo resistencia, especialmente de su madre, quien no le habló por meses. Su padre, inicialmente ateo, se casó por iglesia para la confirmación de Verónica, aunque sin profunda convicción.
A pesar de la oposición inicial de su familia, Verónica se siente feliz y realizada en su vocación, convencida de que es el camino que Dios le pide. Destaca que la felicidad no se encuentra en un proyecto familiar tradicional, sino en entregar la vida por los demás y cumplir la voluntad divina.