A diferencia de mundiales anteriores, donde los precios de las entradas bajaban a medida que se acercaba el partido, en esta final la tendencia se revirtió. Las entradas, incluso a media hora de comenzar el encuentro, se conseguían a precios exorbitantes, como 15.000 dólares.
Se compara con la final de Qatar, donde la reventa no superaba los 5.000 dólares. La situación actual se califica como un "disparate" y "el diablo".