Se defiende la labor de los meteorólogos, explicando que la naturaleza es impredecible y los pronósticos se basan en probabilidades. Se critica la tendencia a culparlos cuando las condiciones climáticas no coinciden exactamente con lo anunciado.
Se argumenta que los pronósticos no son para un metro cuadrado específico y que los meteorólogos solo reciben críticas cuando fallan, pero no reconocimiento cuando aciertan. Se les brinda apoyo frente a las recriminaciones diarias que reciben.