La historia de la iglesia demuestra que los movimientos espirituales y avivamientos comienzan con la oración y terminan cuando esta se descuida. Se enfatiza la necesidad de perseverar en la oración para mantener el ímpetu de estos movimientos, comparándolo con el impulso de un vehículo que, sin acelerador, eventualmente se detiene.
Se advierte que la actividad para Dios nunca debe reemplazar la relación íntima con Él. La oración ferviente y continua es la fuente del poder y la efectividad en el ministerio y en la vida personal. Se hace un llamado a comprometerse con tiempos profundos de comunión con el Señor.