La era misionera comenzó en Antioquía, pero el Espíritu Santo solo habló después de que la iglesia y sus líderes oraran y ayunaran. Esto resalta la importancia de la oración y el ayuno como precursores de la dirección divina y los movimientos espirituales significativos.
Se enfatiza que sin oración, vida íntima con el Señor y disciplinas espirituales, nada significativo ocurrirá en la vida personal, el ministerio o el trabajo. Se llama a depender de Dios y del poder de su fuerza, trabajando con el Espíritu Santo.