En Calabria, la presencia de la mafia se manifiesta no solo a través del ganado suelto, sino también mediante actos de intimidación como incendios y robos. Bruno Bonfá, quien planeaba construir un hotel en la zona, fue víctima de estas acciones, sufriendo el incendio de su propiedad.
El testimonio de Bonfá revela la impunidad con la que opera la mafia, destruyendo propiedades y amenazando a quienes se atreven a invertir o desarrollar proyectos en la región. La falta de intervención estatal efectiva permite que estas actividades continúen, generando un clima de miedo y desconfianza.
Las historias de Bruno Bonfá y los agricultores afectados por las vacas sagradas evidencian un patrón de violencia y control territorial ejercido por la mafia, que despoja a los habitantes de sus tierras y de la esperanza de un futuro próspero. La impotencia ante la situación es palpable, alimentada por la sensación de abandono por parte del Estado.