Se recalca que el hambre por Dios, una vez que Él la siembra en el corazón, es la garantía de un futuro encuentro con su presencia. Este encuentro es esencial para que ocurran cosas significativas en la vida de una persona.
Se enfatiza que el hambre espiritual y la salud espiritual están intrínsecamente ligadas. Para alimentar este hambre, es necesario recurrir a las disciplinas espirituales, las cuales son presentadas como tesoros divinos. Sin este alimento, el encuentro con Dios y la manifestación de Su presencia no pueden ocurrir.
Se concluye que el hambre por Dios es el punto de partida para cualquier avivamiento, ya sea a nivel individual, familiar, ministerial, eclesiástico o nacional. Si no existe este anhelo, el encuentro con Dios se vuelve imposible, y sin dicho encuentro, la vida carece de propósito trascendente.