Se critica la exigencia de que los futbolistas adopten posturas políticas, argumentando que es una pretensión desmedida y fuera de lugar. Se defiende el derecho de los jugadores a no inmiscuirse en debates ideológicos, centrándose en su desempeño deportivo.
Se considera una "pelotudez" pedirle a un deportista que tome partido político, y se resalta que la admiración por Messi, por ejemplo, se basa en su calidad como jugador y su ejemplo dentro y fuera de la cancha, independientemente de sus posibles afiliaciones políticas.