Se subraya la necesidad de intensidad y perseverancia en la oración como un componente crucial para la victoria espiritual. Se menciona el ejemplo de Daniel, quien luchó contra fuerzas del mal durante tres semanas antes de ver la bendición, y la iglesia primitiva que oró fervientemente por la liberación de Pedro.
Se critica la falta de práctica y la minimización del poder de la oración, especialmente en su dimensión de gratitud y adoración. Se reitera que la oración debe ser específica, grande, atrevida, osada y perseverante para romper las fortalezas del mal.
Se concluye que la oración intensa y perseverante es un arma todopoderosa que libera el poder de Dios y asegura la victoria, tal como lo demuestran los ejemplos bíblicos.