Se reflexiona sobre la naturaleza de las promesas divinas y la recompensa que estas conllevan. Se señala que, aunque los hombres de fe mencionados en Hebreos 11 no vieron cumplidas todas las promesas en vida, murieron confiando en que las recibirían en la otra vida.
Dios prepara una recompensa superior en el mundo venidero, y la honra se manifiesta al contentarse con recibirla allí. Se cuestiona cuántos creyentes actuales tendrían esa clase de fe, que persevera incluso sin ver resultados inmediatos en esta vida.
Se reitera que Dios cumple sus promesas, pero la recompensa puede manifestarse en la vida eterna. Se anima a seguir confiando y esperando, incluso sin certeza de recibir todo en esta vida.