Se presentan indicadores para evaluar la madurez espiritual. Una persona que madura deja de ser solo alumno, aunque siempre se aprende. Se inclina a la autoevaluación en lugar de la crítica y busca la unidad del cuerpo de creyentes, evitando fomentar la desunión.
Además, se muestra propensa a enfrentar nuevos desafíos espirituales, buscar el consejo de Dios sobre el humano, ser guiada por el espíritu y menos por los sentimientos. Estas características reflejan un progreso en la relación con lo divino.