La falta de esperanza es el peor flagelo para el pueblo venezolano tras la tragedia, superando incluso la pérdida de seres queridos.
Se compara la situación actual con la devastación ocurrida en Vargas en 1999, otro fenómeno natural que dejó una profunda huella.
La recuperación de estas catástrofes es un proceso largo y complejo, que en el caso de Japón tras un terremoto, tomó una década para que los afectados recuperaran sus viviendas.
La desconfianza en las autoridades y la falta de un plan claro para la reubicación y reconstrucción de vidas agravan la situación.