Mónica Pereira, quien se consideraba orgullosa y soberbia por su alto cargo administrativo y buen pasar, relata su experiencia al ingresar a la iglesia. A pesar de su reticencia inicial hacia el diezmo y las primicias, la pérdida de su trabajo la llevó a bajar su soberbia y a comprender que Dios le mostraba que estaba haciendo las cosas mal, como mentir para agradar a su jefe.
El diezmo se volvió fundamental para ella, representando la acción de poner a Dios en primer lugar en todo momento. Al entregar lo que le pertenece a Dios, su vida cambió. Ahora se siente completa y feliz, habiendo hecho una nueva profesión y entendiendo la importancia de la fidelidad y la entrega.