Flavia relata el caso de su hijo, quien sufrió un accidente de moto y desarrolló una fuerte infección en la rodilla a pesar del tratamiento con antibióticos. La herida supuraba líquido y no cerraba, lo que llevó al médico a considerar una intervención quirúrgica.
Indignada ante la posibilidad de cirugía, Flavia decidió usar el agua viva y rociar la herida diariamente con fe, determinando que su hijo no sería operado. Como resultado, la herida comenzó a cerrarse y, para sorpresa del médico, el joven recibió el alta sin necesidad de cirugía.