Se continúa la reflexión sobre el fuego del Espíritu Santo, presentándolo como un poder que no dignifica ante la gente, sino que otorga la capacidad de vencer a Satanás y al pecado, y ser efectivo en la misión encomendada por Dios.
El segmento hace un llamado a ser "candeleros ardientes" que llevan el fuego de la presencia del Señor, buscando la limpieza, purificación y refinamiento del alma. Se reitera que no se busca un fuego de condenación, sino uno que capacite y unja.
Finalmente, se enfatiza que este fuego trae pureza y es esencial para la vida espiritual, concluyendo con un llamado a la acción para recibir este poder transformador.