China e India mantienen una millonaria puja por el control del budismo, invirtiendo fortunas en la remodelación de templos históricos y universidades religiosas, especialmente en zonas fronterizas clave como Nepal.
Esta "guerra fría de fe" se intensifica ante la inminente sucesión del Dalai Lama, con Pekín invirtiendo más de 2.000 millones de dólares y el gobierno indio buscando contrarrestar esta influencia promoviendo su propia geografía sagrada.