La icónica hilera de edificios de Handelskade en Willemstad adquirió su aspecto actual a principios del siglo XIX. Las fachadas, antes blancas, comenzaron a pintarse de vivos colores como ocres, azules, verdes y rojos para reducir el reflejo del sol caribeño.
Esta medida, con el tiempo, se convirtió en el sello distintivo de la ciudad, aportando una identidad visual única y colorida que atrae a visitantes de todo el mundo.