El terremoto en Venezuela ha dejado a cientos de niños huérfanos, muchos de los cuales se encuentran en refugios buscando un lugar seguro. Una monja está trabajando para albergar a unos 30 o 40 chicos que han perdido a sus padres y no tienen a nadie que los cuide.
Se ha habilitado un campamento para 150 niños que no saben dónde están sus padres. Estos menores reciben apoyo psicológico para afrontar la difícil situación, mientras se intenta determinar el estado de sus progenitores, ya sea heridos, internados o fallecidos.
El pueblo venezolano ha demostrado una profunda fe católica y una notable solidaridad. A pesar de la tragedia, los ciudadanos se acercan a los afectados y a los equipos de ayuda para ofrecer asistencia, mostrando un comportamiento de apoyo mutuo y preocupación por el bienestar del otro.