Se contrasta la actitud de Moisés, quien tras 25 años de servicio, mostró cansancio físico y espiritual y comenzó a hacer las cosas por sí mismo, llevándose el crédito, con la actitud de Pablo, quien daba a Dios el crédito por sus ministerios.
Se advierte sobre el peligro de dejar de depender del Señor y comenzar a atribuirse los méritos, recordando que la obra y los milagros son de Dios. Se enfatiza que la gloria siempre debe ser para Él.