Se explican dos formas de glorificar a Dios con y en el cuerpo: utilizándolo para cantar, adorar y predicar, y también honrándolo a través de la santidad y el rechazo a la inmoralidad y los vicios.
Se advierte que destruir el cuerpo, ya sea por suicidio, drogas, alcohol o inmoralidad, es deshonrar a Dios, ya que el cuerpo es templo del Espíritu Santo. Se exhorta a no permitir que ninguna parte del cuerpo se convierta en instrumento del pecado.
Se enfatiza la decisión de vivir con decencia, evitando fiestas desenfrenadas, borracheras, promiscuidad y envidia, y en cambio, dedicarse a Dios y cuidar el cuerpo como algo que le pertenece al Señor.