Se cuestiona la coherencia de la utilización de las pulseras de colores en el evento de pádel. Se plantea la duda sobre si una persona en pareja, utilizando la pulsera roja, realmente se limita a jugar o si podría haber interacciones que trasciendan lo deportivo.
Se sugiere irónicamente que si se ve a un marido saliendo de casa con pulsera roja, la pareja debería dudar, y con pulsera verde, aún más. Se remarca la contradicción de personas que asisten a estos eventos pero no se animan a vivir la experiencia de forma completamente abierta.