Francisca y su familia, residentes de La Guaira por 23 años, se encuentran en la calle tras perder su hogar en el terremoto. A pesar de la devastación, agradecen estar vivos, aunque enfrentan grandes necesidades y la incertidumbre de cómo reconstruir sus vidas a su edad.
La ayuda internacional y de amigos ha sido fundamental, proporcionando comida y elementos básicos. Sin embargo, la falta de un techo y las condiciones precarias, como dormir en carpas y soportar lluvias torrenciales, agravan su situación.
La comparación con terremotos anteriores resalta la magnitud sin precedentes de los recientes eventos, dejando a miles de personas en la calle y sin nada más que lo puesto.