Francisco relata su experiencia de lucha contra el mal de Chagas, una enfermedad que lo aquejó desde los 20 años y que los médicos consideraban incurable.
Tras probar diversos tratamientos sin éxito, incluyendo rituales y "baños de sangre", encontró alivio y sanación al asistir a la Iglesia Universal. Relata que la primera noche que acudió pudo dormir, y tras un tiempo de fe y perseverancia, los estudios médicos confirmaron su curación.
Sin embargo, a pesar de la sanación física, Francisco sintió un vacío interior, lo que lo impulsó a buscar el Espíritu Santo. Afirma que al recibirlo, experimentó una felicidad plena y completa, transformando su vida, su matrimonio y su economía.