Una fuerte réplica de 4.8 de magnitud sacudió Venezuela, generando pánico entre los equipos de rescate que trabajaban entre los escombros. Este sismo, registrado poco después de los terremotos principales, evidenció la fragilidad de las estructuras ya dañadas y la constante amenaza para la vida de los sobrevivientes.
Los terremotos, de 7.2 y 7.5 de magnitud, tuvieron epicentros en San Felipe (Yaracuy) y Sumaré, respectivamente, con solo 39 segundos de diferencia entre ambos. La proximidad de los epicentros y la alta magnitud explican la devastación causada en La Guaira y Caracas.
La falta de preparación de Venezuela para eventos sísmicos de esta envergadura se contrasta con la de países como Japón, donde las edificaciones están diseñadas para resistir movimientos telúricos. En Venezuela, la rigidez de las construcciones provocó graves daños estructurales, incluyendo grietas y derrumbes.