Existe una profunda desconfianza en las cifras oficiales de víctimas proporcionadas por el régimen venezolano tras los recientes terremotos, recordando la opacidad en la tragedia de Vargas en 1999.
La venezolana Verusca expresa su escepticismo ante los números del gobierno, sugiriendo una posible manipulación para minimizar el impacto real de la catástrofe. La disparidad entre los desaparecidos y los muertos confirmados genera aún más dudas.
La falta de transparencia y la historia de ocultamiento de información por parte del régimen alimentan la incredulidad de la población, que busca fuentes alternativas para informarse y evaluar la magnitud de la crisis.