El predicador advierte sobre la idolatría en el ministerio, comparando la situación con Abraham y su hijo Isaac.
Señala que cuando las "cosas de Dios" (como el ministerio) reemplazan a Dios en el corazón, se convierten en ídolos que alejan de la verdadera comunión divina.
La clave para evitar esto es mantener una relación íntima y secreta con Dios, priorizando el servicio a Él sobre el servicio para Él o para la gente.