Se enfatiza que el llamado principal del líder no es entretener, sino predicar la sana doctrina viviendo una vida irreprochable, y que la vida personal del ministro debe ser tan pura como su doctrina.
Se critica la tendencia actual de dar poca importancia a la doctrina y de dejarse llevar por modas pasajeras, en lugar de enfocarse en Dios y su palabra, como hacían Esdras y los creyentes de Berea.
Se destaca el ejemplo de Pablo, quien hasta el final de su vida buscaba conocer a Dios a través del estudio de las escrituras y las disciplinas espirituales, reconociendo la importancia suprema de la vida espiritual.
Se concluye que la clave para un ministerio efectivo y la salvación propia y de otros reside en las disciplinas espirituales, el estudio de la palabra y una vida aprobada por Dios.