La ciudad ucraniana de Mariupol, estratégica en el mar de Azov, fue rodeada por Rusia en febrero de 2022, al inicio de la invasión. El asedio duró casi tres meses, dejando la ciudad devastada y con una población reducida a unos 100.000 habitantes entre los escombros.
Los últimos defensores, mayormente soldados del regimiento Azov, resistieron en túneles de una planta siderúrgica bajo bombardeos constantes. El presidente Zelensky les ordenó rendirse, tras lo cual fueron hechos prisioneros por Rusia, que mantiene el control de la ciudad desde entonces.
Cuatro años después, los exsoldados no consideran cerrada la historia y planean su regreso a través de ataques con drones. Su nueva estrategia se enfoca en golpear subestaciones eléctricas, instalaciones de reparación y buques en Mariupol, marcando una "nueva guerra de precisión".
Esta táctica, descrita como "ideológica y simbólica", busca mantener viva la esperanza de la liberación de Mariupol. Los ataques son cuidadosamente calculados para minimizar daños colaterales y maximizar el impacto sobre el enemigo. La estrategia no es de un ejército convencional, sino de una unidad que sabe que no puede tomar la ciudad por la fuerza inmediata, pero que no está dispuesta a olvidar.
Más de 700 soldados de esa unidad siguen prisioneros en Rusia. Para quienes volvieron, la consigna es clara: la lucha continúa. Aunque Mariupol sigue en manos rusas, los drones que sobrevuelan su puerto recuerdan que el comando Azov ha vuelto, no como un ejército de invasión, sino como una amenaza paciente y calculada, preparada para el momento que consideran llegará tarde o temprano.