Durante las últimas ediciones de Gran Hermano, la audiencia ha acusado a la conducción y producción de proteger a participantes conflictivos, argumentando que generan contenido y elevan el rating.
Santiago del Moro ha justificado comportamientos hostiles bajo la premisa de que "es solo un juego" o que la casa refleja la violencia de la sociedad. Esta postura ha desgastado el formato, desplazando la estrategia y la convivencia hacia la confrontación y la descalificación personal.
La crítica sugiere que esta estrategia, si bien puede ser redituable a corto plazo, a la larga perjudica la calidad y la esencia del reality.