La escasez de agua en Oriente Medio se agrava y se convierte en un elemento de tensión geopolítica, llegando a ser utilizada como herramienta de poder entre naciones.
Israel, enfrentando un déficit hídrico, ha extendido su control territorial, incluyendo zonas de Siria y territorios palestinos, para asegurar el acceso a fuentes de agua vitales como el lago Tiberíades.
Desde 1967, Israel ha ejercido control sobre el acceso al agua de los territorios palestinos, una situación que se ha mantenido a pesar de los acuerdos de Oslo, limitando la autonomía palestina sobre sus propios recursos hídricos.
La infraestructura hídrica se ha convertido en un objetivo militar en conflictos recientes, especialmente evidente en la guerra sobre Irán y en los países del Golfo, donde las plantas de desalinización son consideradas vulnerabilidades estratégicas.