Se critica duramente a Gianni Infantino y a la FIFA por su poder real e influencia en el fútbol, comparándolo con el poder político y acusándolos de corrupción.
Se denuncia el alto precio de las entradas para la final del Mundial (10.990 dólares) y la práctica de precios dinámicos, considerándolo un escándalo.
Se señala que los principales auspiciantes del fútbol son las casas de apuestas, lo que genera preocupación por la influencia en los jóvenes y el posible ludópata.
Se menciona la cooptación de periodistas deportivos que antes eran críticos, y que ahora bajan líneas similares a las de programas políticos, sin poder cuestionar ciertos aspectos del poder real.