Se enfatiza que la fe y el crecimiento espiritual no dependen de los años de pertenencia a una iglesia, sino del nivel de encuentro personal e intimidad con Dios. Se critica la actitud de ser un mero espectador en lugar de un protagonista de la propia vida espiritual.
Se argumenta que un encuentro íntimo con Dios transforma la vida y se refleja en el comportamiento. Se señala que, incluso con años de cristianismo, los problemas persisten si no hay una relación genuina y profunda con Dios. Se valora más el tiempo de intimidad con Dios que el tiempo transcurrido en la iglesia.