A principios del siglo XIX, la caza de lobos marinos en la Isla de los Estados era una actividad de "recursos de acceso abierto" ante la falta de control efectivo de la soberanía argentina. En 1828, Luis Fernández, gobernador de Malvinas, instaló una factoría de lobos en Puerto Basil Hall.
Tras la toma británica de las Malvinas, la presencia argentina en la Isla de los Estados se debilitó, quedando la actividad en manos de otros loberos. Simultáneamente, el descubrimiento de lobos de los pelos antárticos en las Islas Shetland del Sur y Georgias desvió la atención de los loberos hacia esas zonas.