Las tropas de Azov ucranianas, reconocidas inicialmente por el bombardeo de Mariupol por parte de Rusia, han adaptado su estrategia de combate. Tras el asedio de la ciudad, que duró casi tres meses y la dejó diezmada y ocupada por Rusia, los soldados ucranianos resistieron en los subterráneos de una planta siderúrgica hasta recibir la orden de rendirse por parte del presidente Zelensky. Muchos de ellos fueron hechos prisioneros por Rusia.
Años después, los soldados que lograron escapar o que fueron liberados, ahora operan desde un lugar no revelado en territorio ucraniano, con una nueva estrategia basada en ataques con drones. Su objetivo declarado es recuperar la ciudad de Mariupol, que consideran les fue arrebatada. Estos ataques se dirigen a subestaciones eléctricas, instalaciones de reparación y buques, representando una "nueva guerra de precisión" en lugar de una invasión a gran escala.
La estrategia actual no es la de un ejército convencional, sino la de una unidad que reconoce la imposibilidad de tomar Mariupol por la fuerza inmediata, pero que está decidida a no olvidar. Esta paciencia se sustenta en tres motivaciones: la situación de los más de 700 soldados de esa unidad que siguen prisioneros en Rusia, la memoria de los caídos y el objetivo de recuperar la ciudad. El comando Azov ha vuelto, no como un ejército de invasión, sino como una amenaza paciente y calculada.