Se reflexiona sobre la recurrencia de casos de violencia extrema contra niños, mencionando el caso de León, donde la madre y el padrastro infligieron heridas mortales a un bebé con una aguja oxidada. Se cuestiona la efectividad de la justicia y la falta de medidas contundentes ante estos crímenes atroces.
Se plantea la hipótesis de que, ante la brutalidad de ciertos actos, la prisión no sería suficiente castigo, sugiriendo que la propia naturaleza de los perpetradores podría ser el problema. Se lamenta la ausencia de mecanismos para detectar a tiempo a individuos con tendencias psicopáticas o asesinas.