Se relata la experiencia de llegar con antelación a un lugar para ver un partido del Mundial, destacando la importancia de la "previa" compartida con gente.
Se diferencia entre la "previa" personal y la "previa" televisiva, sugiriendo que la experiencia social y la compañía son más valiosas que la transmisión oficial.
La anécdota subraya cómo la espera y la convivencia previa al evento deportivo pueden ser tan significativas como el partido en sí.