Se reitera que el orgullo es un obstáculo para la fe y para entrar al reino de los cielos, contrastándolo con la humildad de un niño.
Se advierte que la independencia de Dios y la autosuficiencia impiden reconocer su ayuda, llevando a una vida amargada y a la pérdida de la eternidad.
Se anima a los creyentes a adoptar la inocencia y la docilidad de un niño para poder recibir la fe y la conexión con Dios.