La cultura egipcia antigua concebía la muerte no como un final, sino como una continuación y redención hacia una vida en el más allá. Esta creencia fundamental influía en todas sus prácticas, desde la momificación hasta la elaboración de ajuares funerarios.
La preservación del cuerpo y la inclusión de miles de objetos en las tumbas, como los 5.398 hallazgos en la de Tutankamón, respondían a la necesidad de proveer al difunto de todo lo necesario para su existencia postrera. Objetos como frascos de perfume o ataúdes de oro formaban parte de esta preparación, reflejando una visión integral de la vida y la muerte.